Dicen que la educación es el motor del futuro, pero en la Escuela Fronteriza de Villa Dorotea el motor no solo no arranca, sino que se está congelando a la intemperie. A estas alturas del partido, la crisis de la educación rural en Chile no es una novedad, es un paisaje costumbrista. Pero lo que pasa a las afueras de Puerto Natales ya califica para guion de comedia negra.
El año escolar empezó con un clásico de la burocracia criolla: el juego de las sillas musicales en la dirección. Echaron a la directora titular, y la persona elegida para el reemplazo miró el panorama, sopesó sus opciones y aplicó la digna retirada: renunció antes de sentarse en el escritorio. Con el barco a la deriva y la comunidad educativa gritando "¡auxilio!", el Servicio Local de Educación Pública (SLEP) de Magallanes tuvo que improvisar un capitán de emergencia para tapar las grietas de la gestión. Spoiler: las grietas eran más grandes que el barco.
Cuando parecía que la inestabilidad administrativa era el plato fuerte, llegó el invierno magallánico acompañado de unos huéspedes inesperados. A finales de mayo, las autoridades de salud tuvieron que clausurar el colegio. ¿El motivo? Las bodegas del Programa de Alimentación Escolar (PAE), gestionadas por la JUNAEB, se habían transformado en un parque de diversiones para roedores. Sí, fecas de ratón donde se supone que se guarda el almuerzo de los niños. Un control de calidad "impecable".
Por supuesto, esto es solo la punta del iceberg. La comunidad lleva años gritando que la escuela es una nevera. En una de las zonas más frías del continente, el sistema de calefacción es un chiste y el aislamiento térmico brilla por su ausencia. Básicamente, estudiar ahí es un deporte de alta montaña.
Como el escándalo ya tiene aroma a roedor y frío polar, aparecieron los políticos del territorio. El senador Karim Bianchi y otros parlamentarios ya salieron a la palestra a exigirle al SLEP y a la Seremi de Salud que agilicen los papeles para reabrir el recinto. Porque claro, una cosa es fiscalizar a tiempo y otra muy distinta es correr a presionar cuando las papas —y los ratones— ya quemaron el sistema.
Mientras los adultos se tiran la pelota en oficinas calefaccionadas, los estudiantes de Villa Dorotea miran el calendario con los brazos cruzados. Al estar en una zona fronteriza y aislada, no hay un "plan B", ni un colegio a la vuelta de la esquina al que mudarse. Están atrapados en el fin del mundo, esperando que alguien limpie las bodegas, encienda las estufas y, de paso, se digne a educar.